Colombia para el alma: entre la arena blanca de San Andrés y el ritmo eterno de Cartagena

Cuando uno piensa en el Caribe, se imagina aguas turquesas, música, sonrisas, calor… Pero Colombia no es solo eso. Es un país que abraza, que deslumbra y también que incomoda. Es una experiencia completa. Viajé con mi primo a dos de sus joyas: San Andrés y Cartagena de Indias. Y si tuviera que resumir el viaje en una frase, sería: “Volví más liviano, con sal en la piel y una lista de verdades que uno solo encuentra lejos de casa.”


Capítulo 1: San Andrés – El mar que te cura

Llegar a San Andrés es como aterrizar en una paleta de acuarelas que se derramó sin querer. El mar tiene más tonos que nombres, y la temperatura es tan amable que bañarse se vuelve una necesidad vital. Para quienes venimos del sur del continente, esto no es normal. Esto es lujo.

Nuestra base fue un hotel frente a la playa, en el norte de la isla, y sí, es más caro… pero créeme: vale cada peso. Soy de los que creen que si vas a la playa, la playa tiene que estar al bajar del ascensor. Si no, ¿para qué viniste?

Vista desde nuestra habitación del Hotel GHL Relax Hotel Sunrise San Andrés Isla; 4/5 en escala

En Johnny Cay nos recibió una fiesta de colores: arena blanca, palmeras, y mar por todas partes. Más tarde, en El Acuario, nadamos entre peces de colores y volvimos a ser niños. San Andrés tiene esa magia: te devuelve lo esencial.

Uno de los momentos que más disfrutamos fue la vuelta a la isla en chiva. No solo por el folklore del viaje, sino porque el paisaje mezcla lo mejor del Caribe: selva y mar compitiendo en belleza. Cada parada tiene su encanto, pero el viaje en sí es el gran espectáculo.

Comimos langostinos en La Regata, un restaurante sobre el agua que merece aplausos. Comida, vista, ambiente. Si vas, anda. Punto.

Consejos de oro:

  • Quédate al norte de la isla, no en el centro ni en el sur.
  • Lleva zapatos de agua (muy necesario) y snorkel si puedes.
  • Siempre sonríe: la gente en Colombia es increíblemente amable.
  • Y si un vendedor insiste… di con amabilidad: “Gracias, ya lo compré.”

Capítulo 2: Cartagena – Donde el tiempo baila

Cartagena no es una ciudad, es una experiencia. Y no te avisa antes de atraparte.

Apenas llegamos, tomamos un taxi… y sin darnos cuenta ya nos estaban vendiendo toures, islas, city tours, café, joyas y probablemente un terreno también. Tip importante: pregunta el precio antes de subirte a cualquier cosa.

La Ciudad Amurallada es todo lo que imaginas y más: fachadas de colores, balcones con flores, calles angostas donde cada piedra parece tener una historia. Pero hay algo que las fotos no muestran: el calor. Agobiante, envolvente, muy caribeño.

Subimos al Castillo de San Felipe y, aunque casi nos derretimos, valió la pena. Las vistas desde arriba, la historia y las murallas que lo rodean cuentan mucho más que cualquier guía.

Lo que más me impactó fue el contraste: rascacielos y autos de lujo en Bocagrande, y unos metros más allá, pobreza extrema. Cartagena te muestra las dos caras de Colombia sin filtros. Y eso también es parte del viaje.

Getsemaní, por otro lado, fue un regalo. Música en las calles, murales llenos de vida, gente conversando en las veredas. Es una ciudad donde todo parece latir.


Cierre: Entre islas y contrastes

De los dos lugares, volvería a San Andrés sin pensarlo. Cartagena tiene su magia, sí, pero San Andrés me dejó el alma en pausa. Tal vez porque el mar es transparente, tal vez porque la vida es más lenta, tal vez porque nos olvidamos del reloj.

Viajar por Colombia fue un recordatorio: no hace falta ir al otro lado del mundo para sorprenderse. A veces basta con cruzar el mar y abrir los ojos.

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