Cuando uno piensa en destinos para perderse, pocos dicen Armenia. Y eso es justamente lo que lo hace especial. No es un lugar común, ni turístico en exceso. Es más bien uno de esos países que no solo se recorren, se sienten. Yo lo llamo un destino íntimo, no porque sea difícil llegar, sino porque es poco probable que uno vuelva. Es de esos viajes que sabes que, quizás, solo vas a hacer una vez en la vida. Y por eso mismo, se viven con otra intensidad.
Estar en Armenia es como viajar en el tiempo. Caminar por sus calles es cruzar una puerta a otra dimensión, completamente desconocida para quienes venimos del mundo occidental. La historia se respira, la arquitectura susurra, y la cultura te envuelve sin pedir permiso. Todo parece ajeno… hasta que, de pronto, algo en ti empieza a sentirse en casa.
Hay algo único en Armenia: esa sensación de estar justo en la frontera entre dos mundos. Oriente y Occidente se funden en un equilibrio imperfecto pero fascinante. Europa y Asia se tocan en sus calles, en su comida, en su idioma, en su gente. Es un país que hasta hace menos de 30 años era parte de la Unión Soviética, y que hoy camina hacia la modernidad sin renegar de su pasado. Quiere avanzar, pero no olvida de dónde viene.
Y cómo olvidarlo. Hace poco más de un siglo, Armenia vivió uno de los episodios más trágicos de su historia: el genocidio perpetrado por el Imperio Turco Otomano, donde tres de cada cuatro armenios fueron asesinados, más de un millón de seres humanos. Ese trauma sigue presente, no solo en los libros de historia, sino en las miradas, en los memoriales, en la forma silenciosa y digna en que el país recuerda y resiste.
La llegada
Cuando vayas a Armenia, lo más probable es que lo hagas en avión. A menos que vengas desde Georgia, cruzando la frontera terrestre, tu puerta de entrada será el aeropuerto de Zvartnots, a las afueras de Ereván. Y lo curioso es que la experiencia comienza incluso antes de despegar.
Ahí estás, en tu aeropuerto de origen, mirando la pantalla del vuelo. En mi caso, fue el AF401 desde Santiago a París. Entre los destinos comunes —Madrid, Nueva York, São Paulo— aparece un nombre que destaca como si fuera de otro planeta: Yerevan. Solo leerlo provoca algo. Suena lejano, poco común, casi misterioso. Y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿A dónde voy?
Después de horas de vuelo y escalas (París, Frankfurt…), llegué a Armenia de madrugada, un 2 de enero. Eran cerca de las 4:30 am y la temperatura bordeaba los -10°C. Estaba agotado y completamente fuera de mi zona de confort. Para rematar, el conductor que vino a buscarme no hablaba inglés, y yo no hablaba armenio. Así, en completo silencio y con la nariz congelada, emprendimos rumbo a la casa de mi host mom, Kristina.
Cuando llegamos, me recibió con una sonrisa amable, y sin decir mucho —porque el idioma no nos lo permitía— me mostró mi pieza. Después de más de 30 horas de viaje, no necesité instrucciones: caí rendido en la cama con la sensación de estar en otro planeta. Uno blanco, helado y completamente desconocido.
Al día siguiente, todo empezó a cambiar. Salí por primera vez al centro de Ereván. Hacía frío, sí, pero el sol brillaba y la ciudad estaba cubierta de nieve. Esa imagen fue un regalo. De pronto, algo que parecía tan ajeno empezó a sentirse más cercano. Fue como si Armenia, tímidamente, me estuviera diciendo: bienvenido.

Deja un comentario